Es Jueves Santo. El Cristo del Consuelo
agoniza en la cruz. Dura sentencia
cubre la primavera de insolencia
y de blasfemias el azul del cielo.
Es Jueves Santo. Cubre negro velo
la más pequeña luz de la conciencia.
La sinrazón se enfrenta a la inocencia
y la inocencia, oh Cristo, pierde el duelo.
Llanto celeste tras profunda huella
de un mundo que prolonga su locura
y apaga todo aquello que destella.
Es Jueves Santo. Sube noche oscura
entre la furia del verdugo y sella
el pacto de la tierra con la altura.
CUANDO LA TARDE se enciende de estrellas
y el agua de los ríos
es un sonido pasajero,
Señor, te siento cerca,
advierto tu presencia en la creación
a manos llenas.
Cuando tus pasos son rumor de olas
que refrescan la garganta,
cuando los grillos
imponen su ley entre las espigas,
cuando la vida eleva
una oración de gracias,
siento tus pasos
hacer crujir la tierra,
borbotones de paz, puntos de luz,
el milagro de tus ojos en el universo.
HAZ, Señor, que recorra
tu palabra la piel,
que cubra la figura
provocada por la lucha del tiempo.
Seduce con palabras
las ideas estériles
del páramo reseco de la vida,
extendido, a espaldas de tu presencia,
bajo el cielo melancólico,
sin azules.
Acércate, Cristo del Consuelo,
tú que caminaste sobre el mar
y encuentras un camino entre las olas,
una salida en el callejón
de la esperanza
cuando gime el otoño dentro de sí mismo
y ya no habrá otro invierno.
Extiéndeme tu mano de fuego,
la brisa caliente de tu susurro.
Haz que vibre en cada pulso del corazón,
en el color violeta de tus ojeras,
tu presencia como lágrima
sobre el pecho encendida.

