Agradecemos a Julia Flores Arenas el detalle de hacernos llegar el precioso y profundo poema que compuso y recitó el pasado sábado para el Cristo del Consuelo.
HOY TENGO EN MÍ, SEÑOR, ESTA TRISTEZA
En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.
Gabriela Mistral: En esta tarde...
Es primavera, Señor, y el aire trae susurros de ciprés y de olivo,
de pasión y dolor, de amargura
pero también , Señor, trae susurros ahítos de luz y de esperanza.
Herido por amor arrastras esta cruz que te sostiene
por el camino árido del Gólgota. Gûlgatâ.
La calma de tus ojos nos habla del amor infinito
que sientes por nosotros.
De lirios se han llenado las calles a tu paso,
de sangre se han regado los caminos,
de tu sudor se anega el firmamento
y frente a ti, oh, Cristo del Consuelo,
hay una pena honda en muchos corazones.
Tres caídas, tres: dolor, agotamiento y el peso de la cruz
son prueba de tu amor y, aun así, pides perdón
para quienes te injurian.
Tras clavos como fuego en las entrañas.
Tres clavos de dolor, de entrega y redención.
Siete palabras, siete.
Siete palabras dichas.
Un mensaje de amor en cada una.
Se te apaga la voz, la herida en tu costado,
sangra a cada latido. Los temblorosos labios
musitan las últimas palabras de oración y obediencia.
Reposa tu mirada en el silencio áspero,
en el tiempo que dobla tu dolor por sacrificio.
Se ha oscurecido el sol,
el cielo se ha caído sobre el mundo,
ya ni se escucha el canto de las aves
ni le cedro aroma el campo desolado.
El monte rocoso
la tarde se hace noche, tinieblas y amargura.
La oscuridad anega la horas de locura
de vergüenza y crueldad.
Sobre tus hombros derrama la luna su blancor
y un gemido de luz se vierte en tu mirada.
Solo en tu soledad. Soledad y Silencio.
Yo quisiera, Señor, acariciar tu frente
herida por espinas,
besar todas las llagas de tu cuerpo,
ser tu consuelo. Ser alivio y aceite.
Caminar a tu lado en tu calvario
que se clava en mi pecho desgarrado.
Déjame que toque tu dolor con todos mis sentidos
y que mi tacto sea para tus llagas
alivio y agua fresca.
Coronado de espinas, Cristo del Consuelo, sacar los clavos
de tus pies y tus manos,
bajarte de esta cruz que te sostiene,
ungirte las heridas con el bálsamo
de un nardo florecido en primavera.
A tu paso se hace oración el silencio del orbe.
clavado tú en la cruz, yo frente a ti
llevo clavada en mí, Señor, esta tristeza
que oscurece la rosa que te traigo
como ofrenda y anhelo de perdón.
Déjame que te hable con mi silencio triste
sosteniendo en mi boca un lamento callado.
Déjame que camine soportando la pena que te aflige
pues solo soy la sombra siguiendo tus pisadas.
Escucharé tu voz y será tu palabra
como la mansa lluvia que nos calma la sed,
será como la albura ante la necedad de la existencia.
El hombre es barro, es agua y es dolor.
Es mutismo, es fe, es soledad, ceguera y extravío.
Es un náufrago errante sin estrellas.
Es frágil y se quiebra ante la adversidad.
No podría yo quejarme en esta vida
del dolor que me aflige, del cansancio,
pues el tuyo por mí me sobrepasa.
Agradezco, Señor, lo que me diste,
lo que me sigues dando cada día.
Al pronunciar tu nombre, ¡oh, Cristo del Consuelo!
siento alivio y descanso de la pena
que oprime el corazón llenándolo de angustia
y recurro a tu abrazo, y sé que estás en mí,
y siento que el pecho se me ensancha
con el rayo de luz de tu presencia.
Julia Flores - Arenas
Abril 2026

